martes, 14 de septiembre de 2010

City with no children

El disco dio vueltas en mi cabeza durante los últimos tres días de lluvia. Fue mi compañero mas fiel. Mientras caminaba hacia el edificio de ventanas infinitas pense en escribir un cuento mas feliz.

domingo, 25 de julio de 2010

Vuelta a casa

Ayer el cielo estaba violeta y lo vi desde un taxi negro por una calle del centro que está cerca del mar. Pensé en escribirte una carta. Pensé en contarte que a veces todo se desvanece en un clic o la pisada de una rama y queda uno ahí vació caminando con las manos en los bolsillos.

El Panista

Esa tarde llegué a la prueba de sonido caminando por el parque que está al lado del mar. Iba con mi super campera anti -frío y balas, la capucha me tapaba la cara, lo único que sobresalía era mi mano agarrando el estuche negro de la guitarra. Atravesé todo el parque sin cruzarme con nadie. Invierno. Se veía el atardecer gris, el frío se mezclaba con el agua y todo se congelaba.

El boliche estaba enfrente del parque y enfrente del mar. Lugar privilegiado. Los autos iban y venían por la rambla. La puerta de entrada era un pedazo de chapa marchitada que podría estar colgada en algún museo de arte moderno. Golpee un rato y nadie venia a abrirme. Pensé que seguramente nadie había llegado. Di la vuelta y en la parte de atrás apareció un tipo de camisa abierta y pelos en el pecho con collar a tono. No cruzo miradas y siguió su trayecto a un auto de supermercado medio destartalado. Llame por mi celular. Ya abrimos.

Adentro olía a rancio, el olor característico de estos lugares, mezcla de ácido con sudor de alcohol. Mugre en el piso, colillas de cigarrillos. Hola hola. La prueba de sonido estaba atrasada como era de esperar. Probé sonido de campera.

A la noche seguramente debo haber comido una muzarella (no es bueno comer nada pesado antes de tocar) por algún bar cercano y me debo haber tomado un taxi que me lleve al lugar, no lo recuerdo bien pero siempre es igual. Cerca de la medianoche una chica nos dió un discurso en el lugar donde se dejaban las cosas sobre la responsabilidad de ciudar que nadie entrara allí. El backstage improvisado para esa noche estaba rodeado de ventanas y el frío húmedo mojaba el ambiente. Una gran mesa cuadrada de vidrio reinaba en el lugar rodeada por unos sillones de cuero de vaca con sus respectivas manchas blancas y negras. Cortinas violetas.

De a poco empezó a llenarse de gente y humo. Murmullos y gritos, alcohol y marihuana. Todos hacían comentarios sobre la mesa de vidrio. El ambiente era tranquilo. Como siempre me sucede en estos casos me dieron ganas de estar solo con mis compañeros en la sala de ensayo. Todos preguntaban donde estaba el pianista del norte, ese que salió en las revistas y se sacó fotos con famosos que van a sus fiestas. Algunas chicas preparaban sus cámaras. Pero el pianista llegó tarde, subió las escaleras que llevaban al backstage mientras una chica que hacía de anfitriona abría el paso. El pianista era flaco y alto, su pelo negro era lacio y le caía en el ojo izquierdo un mechón de peluquería, su piel era blanca y brillosa, de movimientos lentos vestía una capa negra, mezcla de monje y drácula. El silencio se apodero de todos, el se sentó en uno de los sillones de vacas, le dijo algo al oído a la chica, esta pidió que no sacaran mas fotos, le preguntaron en ingles si quería algo para tomar y el contestó que si, que vodka. Con un gesto de su mano le pidió a la chica anfitriona que se arrime. Dijo algo a su oído. Mi guitarrista dijo que faltaba ruido en esa pieza, que todos estaban mudos. Alguien mas hizo el mismo comentario. Mi baterista entró gritando algo sin sentido, como hace siempre, y todo volvió a ser normal. O a ser de nuevo. El pianista estaba sentado a mi costado, nos separaba una chica que sonreía mucho mientras se tocaba el pelo. Escuché que venia de Brasil y a la noche siguiente se presentaba en Buenos Aires. Me puse a pensar en su vida y que en Azul estaría muy lejos de su casa y sus amigos. Llegó el vodka y un kit de regalo.

Durante un rato hizo gestos de aprobación con la cabeza. Solo conversó con la chica sonriente. Su capa estaba siempre a su lado. Bebía el vodka de a tragos pequeños. Sus ojos estudiaban el lugar, su cabeza no se movía. Parecía nervioso.
La primera orquesta hizo su show. Volvieron empapados. Luego me tocó el turno. Ese día la orquesta tuvo ganas de sudar, el piano sonó fuerte, se apoderó del lugar y el jazz hizo bailar a la gente. Al volver al backstage el pianista seguía en el mismo lugar. Me senté en el sillón de enfrente. Nos separaba la gran mesa de vidrio que sostenía ceniceros improvisados y varios embases vacíos. Sentado de piernas cruzadas me miraba fijo. Hizo un gesto con la mano invitándome a sentarme a su lado. En un mal español me preguntó si siempre hacía tanto frío en Azul. Le conteste que a veces. Se rió con pocas ganas, se sirvió otro vaso de vodka. Me pregunto dónde podía conseguir unos sillones de ese estilo. No lo se. Pero podemos averiguar. Se saco el pelo de la cara. Dio media vuelta y se dejo ver los dos ojos por primera vez. Tenía ojos de hombre triste y cansado.

Me preguntó si quería conocer su secreto. Sacó una hoja blanca del bolsillo. Pude ver su dedos largos y sus uñas pintadas de negro tratando de doblar el papel arriba de la mesa. Me lo dio y en ingles dijo que lo leyera en otro sitio.
El show del pianista fue correcto, hizo su trabajo y la gente quedó contenta. Al terminar el show entró al backstage recogió su capa y preguntó como hacía para llegar a el hotel. Se despidió mientras dos chicas le abrían paso por la escalera. Esa noche fue larga y al salir extrañe mi campera anti frio y balas. Un saquito de pana me protegía del frío del amanecer. Atravesé el parque para llegar a la calle dónde se acumulaban los taxis esperando pasajeros. Meti la mano en el bolisllo y toque el papel que me había dado el pianista. Lo abrí esperando encontrar un mal chiste.-